4. NECESIDAD DE CAMBIO.

 

En este post vamos a dejar un poco la parte técnica e histórica de la implantación de un modelo educativo basado en competencias y centrarnos en la emocional, en la historia de un profe que cumple 25 años en la enseñanza y que ha visto la luz al descubrir este modelo educativo.

No porque este modelo sea una especie de santo grial, o la panacea universal de la educación, sino porque engloba filosóficamente lo que debemos hacer como profesores preocupados por la educación moderna y a la vez, da la libertad necesaria para crear, desde el punto de vista de la construcción del aprendizaje, la estructura necesaria para conseguir el objetivo del modelo.

Llegar a conclusiones sobre tu profesión parte de vivir la escuela. De sentir tuya esta profesión como modo de vida. Sólo desde ese punto de vista se progresa. No se aprende (se lo decimos a los alumnos) si no se reflexiona sobre lo aprendido. Por lo tanto cualquier progreso como docente surge de la reflexión del trabajo propio. Y de la formación. Normalmente hay mucho de autoformación, aunque afortunadamente en nuestros colegios hay mucha sensibilidad por aportar, a través de la formación, las herramientas que pueden usar los profes en su día a día.

Pero en algún momento de estos últimos años, se genera una especie de malestar. Un picor de cuerpo que viene a decir: “contar clases magistrales, aunque sea a través de PowerPoint, exponer los contenidos ante una clase medianamente atenta, preguntar si lo han comprendido y obtener como respuesta que sí, o si es que no, utilizar el recurso de repetirlo con otras palabras para ver si con un rodeo comprenden el concepto, dejar un tiempo en casa o en clase para que memoricen los contenidos expuestos y generar un espacio para examinar la aprehensión de dichos contenidos en una prueba escrita. Saldrá mejor parado aquel que reproduzca de la mejor manera lo que contó el profesor, reforzado por el libro de texto”.

Esto, en cuanto los profes se paran a reflexionar, supone un verdadero shock. ¡Necesito cambiar!

¿El cambio a qué obedece? ¿A superar el aburrimiento de esas clases tanto de los alumnos como de los profes? Aunque parezca una opción de peso, no es concluyente. La verdadera razón es que los chicos, de esta manera, no aprenden. No retienen lo aprendido. No reconocen dónde cometen errores. No trabajan sobre ellos porque los desconocen. El profe no apoya al alumno en sus puntos débiles porque no los detecta. No han considerado los alumnos la utilidad de lo aprendido, por lo que es rápidamente olvidado. En fin, un verdadero desastre.

¿Entonces de dónde salen los buenos resultados en las pruebas externas? Es fácil obtener esos resultados porque se entrena sobre la prueba. Pero los resultados están cercanos al límite superior, están prácticamente optimizados, trabajando así, de manera clásica. La motivación se consigue cada vez con métodos más variopintos. A base de recompensas muy lejanas al propio proceso educativo. Y en una sociedad de consumo, determinadas recompensas las pueden considerar los chicos como insuficientes (pensad en una salida al parque de atracciones para el grupo con mejores resultados) y no considerarlas como estímulo para esforzarse en la prueba.

Algunos de nosotros consideramos insuficientes estos resultados, ojo, tanto buenos como malos, porque no reflejan que los chicos los tengan en virtud de lo aprendido, no sabemos (o sí sabemos) si han aprendido verdaderamente. ¿Qué pasaría si pasamos la misma prueba dos meses después? ¿Darán la misma respuesta?

Evitar esta desazón, que formaría parte de tu propia vida pues esta profesión te la llevas a casa, pasa por cambiar sobre todo de mentalidad.

Si todo te da igual es que estás haciendo mal las cuentas,  decía Einstein. Las nuevas cuentas son introducir metodologías activas y participativas, nuevos métodos de evaluación, herramientas de autorregulación de aprendizajes, actividades reales, contextualizadas, auténticas,  reflexiones sobre lo aprendido, etc.

Estamos en buen camino. Estamos comprando las pomadas para quitarnos el picor y el almax para quitarnos el ardor de estómago. Y las tilas que nos tranquilicen ante el miedo al cambio. Como dirían en la peli de Up: la aventura nos aguarda.

 

Hasta la próxima.

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